La biografía y evolución pictórica y personal de Antonio Casquete de Prado sólo se puede entender plenamente incorporando la trayectoria de la persona que sería, sucesivamente, su compañera de estudios, compañera de exposiciones y, finalmente, esposa, Ana María Sagrera Capdevila.
Una relación que comenzó en la etapa de formación de ambos en el estudio de pintura de Rafael Cantarero, en Sevilla. Desde allí emprendería, como artistas emergentes, una intensa sucesión de exposiciones conjuntas que de 1953 a 1961 les llevaría a dar a conocer sus obras por diferentes ciudades españolas.
Aunque en los primeros años de la década de los 60 aún llegó a firmar algunos cuadros, podemos considerar que la exposición conjunta de ambos, Ana María y Antonio, en el Club La Rábida de Sevilla en 1961 supondría el final de la trayectoria profesional.
Si bien resulta evidente la complicidad y colaboración que mantuvieron en sus exposiciones, no es menos cierto que tras abandonar la pintura Ana María continuó siendo el apoyo y el sólido referente que, como pintora, aportó una visión crítica y experta a la obra de su marido, Antonio Casquete de Prado. Sus orientaciones, valoraciones y, en algunos casos, apreciaciones rigurosas, supusieron un inmenso soporte y guía para el pintor.
Ana María Sagrera Capdevila nació en Barcelona el 30 de diciembre de 1928, hija de Manuel Sagrera Bertrán y de Ana Capdevila Galí. Aunque la residencia familiar sería durante sus primeros años de vida la ciudad de Córdoba y posteriormente Sevilla, no es casual que naciera en la ciudad condal. De allí procedia su familia tanto paterna como materna y la casa de su abuelo Juan Capdevila en Llafranc, pequeña población de la Costa Brava, a la que acudiría ininterrumpidamente durante todos los largos veranos de infancia y juventud.
Tras el traslado de la familia de Córdoba a Sevilla, Ana María cursó estudios en el colegio de El Valle, donde obtendría el título de bachillerato, recibiendo mención de honor por su excelente trayectoria. Como anécdota mencionar que esta facilidad para los estudios hizo que su padre le animara a iniciar, al igual que él, los estudios de ingeniería industrial, algo que sin embargo ella descartó para dedicarse a su intensa vocación por la pintura.
Recibiría sus primeras clases de dibujo y pintura en el estudio de Manuel González Santos, donde tendría ocasión de compartir aprendizaje con Carmen Laffon. Sin duda, como aspirante a pintora, el estilo costumbrista dejaría huella en su forma de pintar, aunque la avanzada edad del maestro, insigne catedrático y académico, serían la causa de que finalizase su aprendizaje con él.
Prosiguió su formación junto a otro pintor sevillano, Rafael Cantarero, etapa en la conocería a Antonio Casquete de Prado.
Finalmente culminaría su aprendizaje con una estancia durante dos años en Barcelona, donde recibiría clases del pintor Ernesto Santasusagna. Periodo en que entraría en contacto con los estilos de la pintura catalana y las nuevas vanguardias.
Se muestra a continuación su evolución en la creación de cuadros artísticos, obras realizadas en óleo sobre lienzo o tabla. Pero además durante toda su vida exploró otras formas de expresión, pinturas sobre diversos materiales, trabajos de mosaico y creaciones artísticas diversas.
La primera aparición de Ana María Sagrera en el panorama pictórico se produjo en 1952, cuando participó en la IV Exposición Provincial de Arte de Sevilla Educación y Descanso, certamen concebido para promocionar a los nuevos valores de la pintura. Su obra “Estudio” recibió el premio “Educación y Descanso”, consistente en una cantidad en metálico y, lo más interesante, le permitió participar en la X Exposición Nacional de Arte Educación y Descanso celebrada en Madrid ese mismo año. Concurriría con la obra premiada y otra titulada «Limones».
En 1953 también participaría en la exposición celebrada en la Sala Velázquez, bajo el título de “Nuevos valores de la pintura sevillana”.
Ese mismo año, 1953, expondría además en el club La Rábida, junto a los artistas Mary Fernández-Cotta, María Victoria Zapata y Manuel Morales Sánchez. La afilada pluma del crítico de arte Manuel Olmedo calificaría como de “discreta” la exposición de estos cuatro jóvenes, aunque la mencionaría con estas palabras
“ Los floreros y bodegones de Ana María Sagrera son claro exponente de una sensibilidad y exquisito gusto. También se polariza su visión en la realidad inmediata del modelo, pero su mayor práctica le abre un márgen a la interpretación y le permite una cierta soltura, dentro de su manera cuidadosa de pintar”. (ABC de Sevilla, abril 1953)»
En 1955, al tiempo de finalizar las clases con el maestro Cantarero, Ana María y Antonio, realizaron su primera exposición conjunta. Mostraron sus obras en las salas de la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Badajoz. De ella y su obra diría Julio Cienfuegos que
“domina la brillantez y la exaltación cromática. El color es sentido propia virulencia, si bien ajustada a la realidad figurativa que sigue siendo la honrada musa de las escuelas por ella frecuentadas” (HOY de Badajoz, 26/10/55)
En ese mismo año y en el posterior, 1955-56, Ana María participaría en la IV y V Exposición de Otoño de la Real Academia de Santa Isabel de Hungría. Sus cuadros, dos en el primer año y tres en segundo, compartirían espacio con los de pintores de la talla de su propio profesor, Rafael Cantarero, y de Alfonso Grosso, José María Labrador, Carmen Laffón, Francisco Maireles y José Luis Mauri, entre otros.
Recibiría un nuevo reconocimiento en abril de 1956 cuando se celebró la Exposición de Pintores Noveles en Fregenal de la Sierra (Badajoz). El jurado, del que formaban parte los pintores Eugenio Hermoso y Rafael Gómez Catón, acordaría por unanimidad otorgarle el primer premio y medalla de oro por su obra “Bodegón”.
El 1956 fue además especialmente intenso, comenzando por la primera exposición que realizó junto a Antonio Casquete en la Sala Municipal de Arte de Córdoba. Mostró en ella un total de veintitrés cuadros en los que incorporaba las temáticas esenciales de su obra; paisajes de la Costa Brava, paisaje urbano de Sevilla, floreros, bodegones y, por entonces, mostraría sus primeros retratos.
En noviembre de 1956 inaugurarían su segunda exposición conjunta en el Liceo de Mérida, de la que el cronista Santos Díaz Santillana resaltaba
“la pintura de Ana María Sagrera es una pintura vigorosa, de factura decidida, que encuentra su forma de expresión adecuada co la técnica de la espátula, maravillosamente manejada. Ana María no tiene nada que aprender en el arte del bodegón ni en el trabajoso y difícil de las flores” […] “y, sobre todo, en el retrato, de loq ue es buena muestra el exquisito de María Victoria, en el que ha logrado la más fiel expresión de la psicología de la retrada” (HOY de Badajoz, diciembre 1956)
Este año finalizaría con su participación en la sala Alarcón donde tuvo lugar, del 15 al 31 de diciembre, la exposición benéfica de pintura organizada por la parroquia de San Bernardo. Expondría su obra junto a una veintena de artistas sevillanos; Carmen Laffon, Cantarero, Maireles, Santiago del Campo y Romero Resendi, entre otros.
En 1957 volvería a realizar dos exposiciones conjuntas con Antonio. La primera de ellas tuvo lugar en marzo, en la Diputación Provincial de Badajoz. La segunda, en octubre, en la sala de exposiciones del Monte de Piedad y Caja de Ahorros de Córdoba en la ciudad de Jaen.
En ésta ultima el crítico José Chamorro destacaba que su pintura estaba en línea con la tradición colorista y luminosa de los grandes pintores catalanes, con un toque de impresionismo, tomando la luz mediterránea, reflejado todo ello tanto en los paisajes como en los temas florales y los retratos.
En esta etapa de intensa actividad hubo un año de transición en 1958 donde unicamente participaría mostrando un par de obras en la Exposición Nacional de Pintura organizada por el Ayuntamiento de Badajoz en el mes de junio.
En 1959 volverían a exponer en dos ocasiones Ana María y Antonio, en primer lugar en la Sala Artis de Salamanca, durante el mes de febrero. Manteniendo su línea temática, predominando los floreros, los paisajes y, aportando en esta ocasión ya como tema destacado varios retratos.
Entrevistada en un periódico local, es interesante señalar que el entrevistador menciona sobre ella que “parece que habla en andaluz pensando en catalán”, una anécdota que sin embargo refleja perfectamente su doble condición, profundamente sevillana y, a la vez, catalana. Algo que trascendía en sus cuadros, tanto por sus recurrentes temas de inspiración, las marinas y paisajes de la Costa Brava junto a los paisajes urbanos de Sevilla, como por la técnica y la interpretación del color. También en esta nota de prensa encontramos, como en otras ocasiones anteriores, una pregunta relativa a su condición de mujer pintora, algo que hoy en día resultaría totalmente fuera de lugar, lo que dio lugar a una respuesta muy reveladora por su parte
“-[periodista] Para terminar, pregunto a Ana María qué opina de la pintura femenina. Se entiende de la del lienzo…
– Yo creo que la pintura femenina es tan buena , o puede serlo, como la masculina. Esto aún no se lo cree la gente, quizás porque antes las mujeres no estudiaban pintura ni pintaban como ahora y prueba ello es que ahora decir “pintura femenina” no es ningún elogio.”
(La Gaceta Regional, Salamanca, 27/2/59)
Volverían a exponer en noviembre de este mismo año en la sala Berriobeña de Madrid. La reseña de Venancio Sánchez destacaba
“Ana María Sagrera empasta con soltura y dota a sus figuras de gracia armónica en las actitudes y de un cromatismo sin estridencias que favorecen, envolviéndolos, los efectos lumínicos” (GOYA. Nº33, noviembre-diciembre 1959)
Su última exposición tendría lugar en 1961, en el club La Rábida de Sevilla, exhibiendo figuras, paisajes y temas florales, un total de quince obras. Recibirían esta vez una apreciación bastante más entusiasta por parte de Manuel Olmedo, quien en 1953, como hemos recogido, consideraba discreta la exposición de jóvenes artistas en la que participó Ana María. En esta ocasión menciona sobre ella que
“la joven pintora, liberada del lastre de un tímido naturalismo que ha imperado en producciones suyas anteriores, se desenvuelve ahora en un campo interpretativo de estimable amplitud y concreta su fina sensibilidad a través de nobles, ponderadas y atrayentes fórmulas, en las que la pontecialidad del color y de la luz se equilibra con las expresiones del volumen y de la línea.” (ABC, 22/9/61)
En 1962 se produciría un feliz hecho en la vida de Ana María que, a la vez, supondrá el fin de su carrera profesional. Tras dos años de noviazgo, la pareja de artistas, que durante años había compartido andadura profesional, celebraría su boda en el mes de mayo. El nacimiento de sus tres hijos y la vida familiar iría reduciendo la actividad creativa de Ana María, quien ya no volvería a realizar exposiciones.
A pesar de ello continuaría pintando unos años más, llegando a firmar sus últimas obras en 1974. Durante este periodo, no dejaría de considerarse pintora y como tal la mencionaba el padre Ángel Martín Sarmiento, quien en la crónica “Matrimonio de pintores” refiere la visita que realizo a la pareja en su residencia de Segura de León, Badajoz (Diario HOY, 15/6/67).
Sin embargo, pese a no volver a la pintura artística de cuadros, su creatividad y dominio del color lo expresaría en las siguientes décadas colaborando intensamente en actividades sociales y benéficas. Durante varias décadas produciría y enseñaría incansanblemente técnicas de pintado en talleres de papel maché, moldeados de yeso y otras manualidades.
Ana María Sagrera falleció el 10 de noviembre de 2011 en Sevilla.
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