Ciertamente el paisaje regional extremeño y mucho más el de las comarcas de la Baja Extremadura ha sido, por su peculiar idiosincrasia y atractivo encanto, motivo de inspiración para los artistas regionales y foráneos por lo que se han ocupado de él ora como fondo de sus composiciones, ora como tema único de su quehacer.
Buen ejemplo de lo aseverado son los fondos paisajísticos de Zurbarán, extremeño de sentimiento toda su vida pese a sus estancias sevillana y madrileña, o del propio Eugenio Hermoso por citar a un pintor más contemporáneo. Y al lado de ello, las visiones de los campos yermos saturados de sol, de los encinares o de los viñedos de la Tierra de Barros que podemos encontrar en pintores de la importancia y significación de Godofredo Ortega Muñoz, Francisco Pedrajas y Eduardo Naranjo.
Pues bien y al lado de ellos así como en perfecta continuidad de sus apasionantes mensajes telúricos, hay un artista extremeño actual, no lo suficientemente conocido, que debiera, por su extremada modestia, que sabe interpretarlo a la perfección con una técnica cuidada y una formas atractivas.
Me refiero al segureño Antonio Casquete de Prado y Jaraquemada, que compagina, con exquisita ecuanimidad, su actividad agrícola y ganadera con el cultivo de sus nada comunes dotes pictóricas que le sitúan en un lugar preeminente dentro de la creación artística extremeña de nuestros días.
Casi autodidacta de formación, pues pueden considerarse casi esporádicas tanto su inicial formación sevillana en torno al pintor sevillano Rafael Cantarero cuanto las lecciones recibidas del frennenxe Catón, es un consumado maestro tanto en la técnica, que cultiva dentro de un auténtico polifacetismo —domina el dibujo, el pastel, la aguada, la acuarela y sobre todo el óleo sobre lienzo o tabla- como en la ejecución —está en posesión de una pincelada suelta, a veces audaz, así como de
una cromática muy rica y variada de tonalidades- pues imprime a sus obras una factura totalmente moderna pese a no renunciar al figurativismo.
Aun cuando su temática es muy variada —abarca toda clase de asuntos salvo el retrato que no gusta cultivar- sus preferencias van hacia una peculiar visión del pasaje extremeño en la que vuelca todo su cariño, todos sus recurso técnicos y estéticos y toda su inteligente reflexión a la hora de interpretarlo. De acuerdo con ello, los encinares, los alcornocales, las retamas y demás árboles de su geografía natal ocupan el protagonismo de sus atractivas composiciones en unión de las laderas, los cerros, los riachuelos y los arroyos de la misma así como sus cielos, radiantes o nubosos, bajo los efluvios de una luz alborear o crepuscular que impacta el espectador.
Paisajes estos que evocan, a más de su Segura natal, todo el legado histórico de Extremadura y en donde aldeas y ciudades alternan con el campo, ese sobrio y un tanto zurbaranesco campo bajo extremeño, que para él es consustancial con sus más hondos sentimientos y gustos y que ejecuta con exquisita precisión y auténtico mimo. Espero que ahora, como consecuencia de este evento, dedicará
más atención a los bellísimos parajes de Monesterio, Calera de León y Tentudía, especialmente por los lazos familiares que le unen con el histórico Monasterio de Pelay Pérez Correa que en las personas de su ilustre progenitor y de su malogrado hermano Diego encontraron, siempre, unos celosos defensores y animadores de sus restauración y lanzamiento cultural.
Consecuencia de este buen hacer es la presencia de sus obras en Academias, Museos y diversas colecciones privadas así como en su Ayuntamiento local y otros Departamentos administrativos regionales. También lo son sus merecidos nombramientos de Correspondiente de las Reales Academias de Extremadura y de Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría de Sevilla junto con una crítica de quienes han glosado su obra; una obra elegante, atractiva, moderna y sobre todo plenamente
extremeña.
Antonio de la Banda y Vargas
Presidente de la Real Academia de Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría y
Correspondiente de la Real Academia de Extremadura
Otra vez nos ha sorprendido Antonio Casquete de Prado con una nueva faceta de su quehacer artístico. Cada exposición suya presenta un aspecto inédito dentro de la gama permanente de toda su obra: la inefable gradación cromática, que se ha hecho ya en él algo personalísimo.
En la exposición presentada en la Real Academia de Bellas Artes de Sevilla, en 1999, puse de manifiesto el orientalismo de Antonio Casquete. Hoy me confirmo en la misma idea, pero añadiendo algo muy original: sus personales gradaciones cromáticas, hechas a través de la aguada, en la misma línea del orientalismo.
En el prólogo al catálogo de aquella exposición escribí: “No quiero decir con esto que su obra sea enteramente orientalista, , sino que en ella aparece una actitud estética que coincide con la esta tendencia del Oriente”. Me refería entonces a la capacidad de presentar gradaciones increíbles en la técnica de la aguada, y hoy me confirmo en lo mismo. Sin embargo, hay en estas obras un enriquecimiento cromático que, permaneciendo dentro de la paleta delicada de sus colores, añade a la aguada un nuevo gesto de vida. También aparece esto en los artistas orientales, de la escuela china y japonesa de “Bunjin-ga”, en los siglos XVIII y XIX. A aquellos artistas les pareció que añadir a la aguada en tinta negra un dato cromático, era una señal de mayor vitalidad. Y lo mismo ha hecho Antonio Casquete en estas obras. Por tanto, me confirmo en mi idea anterior: Antonio Casquete tiene un sentido orientalista en su pintura, que le hace ser uno de los artistas más originales de esta corriente en Occidente.
Permanece también en esta exposición otra cualidad que señalé en la de 1999: la ideología estética de Antonio Casquete de Prado es sincera: para él, el arte no es sólo inspiración ni sólo técnica, sino la fusión íntima de ambas cosas. Por eso, sus obras no son nunca un alarde de vanguardismo ni un apego incondicional a la tradición, tienen algo peculiar, que las hace distintas de las demás. Yo diría que es precisamente este tinte orientalista el que las hace diferentes. Aunque esta cualidad no haya aparecido desde el comienzo de su obra artística, sí está ya presente desde los años de madurez.
En esta exposición de Antonio Casquete se da también, como en la de 1999 en la Real Academia de Sevilla, un poder simbólico, conseguido a base de elementos que sólo insinúan, pero que están cargados de significado. Creo que esta es una característica general
de toda su pintura.
Sevilla, abril 2001
Fernando Gª Gutiérrez, S.J.
Académico N. De la Real de Bellas Artes de Sevilla
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