Antonio Casquete de Prado nos sorprende cada vez que presenta una exposición con nuevos aspectos en su arte pictórico. Es un artista siempre innovador, que prueba caminos nuevos y nunca se siente ya satisfecho del todo con los logros alcanzados. Por eso cada exposición es una sorpresa, que nos presenta aspectos inéditos en su producción.
Antonio Casquete de Prado se siente muy vinculado a Segura de León, y allí presenta con carácter permanente en los salones del castillo una colección de sus obras. En la exposición que tuvo lugar en 1994, el cronista de la Villa, Andrés Oyola Fabián, describía así la obra del artista: Es el difícil tema del paisaje el motivo principal de su obra. Un paisaje sentido, interiorizado y luego plasmado al beso casi del pincel… todo confluye a crear una pintura que atreveríamos a definir como de paradójico impresionismo metafísico, por abstraída, casi espiritual que en su resultado final roza el abstracto. Lo bueno es que estos valores adquiridos, no los va a dejar nunca, sino que los armoniza con otros logros nuevos, que hacen de su pintura un conjunto de ricos matices estéticos.
En 1995 expone sus obras en la Casa de la Cultura de Fregenal de la Sierra. Allí sigue el paisaje, pero está como purificado, a veces desligado de elementos decorativos hasta llegar a lo esencial. De esta exposición escribió Antonio de la Banda: Paisajes estos…que se sitúan en la línea fuertemente expresionista y aún constructivista del propio Zurbarán y más modernamente de Ortega Muñoz y Francisco Pedraja. Ya había previsto estos matices Andrés Oyola Fabián en la exposición anterior, pero ahora están más adheridos a la propia personalidad estética de Antonio Casquete. De esta misma exposición escribió Manuel Olmedo: A través de acentos muy personales, Antonio Casquete de Prado logra la esencialidad de la forma y la autonomía comunicativa del color…
En 1996 expone en la Galería Alvaro de Sevilla. De esta muestra escribió Manuel Olmedo: La obra de Casquete de Prado, honda, cultivada, trascendida de sutilezas orientalistas, ostenta una armónica purificación formal y cromática…
Esto fue lo que yo descubrí también en su obra «Camino», que me regaló en 1997. De este cuadro escribí entonces: Siempre pensé que existe un sentido de «orientalismo» en la obra pictórica de Antonio Casquete de Prado, pero esto se confirma en el cuadro «Camino». Se da una deliciosa imprecisión en esta obra, dejando en ella mucho que hacer al que la ve. Esta activación del espectador ante una obra de arte, es una de las cualidades más sorprendentes del arte oriental. El artista insinúa, da los elementos necesarios, para que sea el espectador quien los complete… El Cuadro «Camino» tiene también otra nota eminentemente oriental: la valoración de los espacios vacíos en el arte… En esta obra, un gran espacio vacío ocupa dos tercios del lienzo… Y este «Camino» se pierde en lo infinito del espacio, que nos lleva al Más Allá casi insensiblemente.
Fue entonces cuando Antonio Casquete se lanza a la gran aventura de las aguadas monocromas en su arte, de un definitivo sentido oriental. Tuvo una gran exposición de estas aguadas en la Real Academia de Bellas Artes de Sevilla. De estas aguadas, quizás la de más sentido orientalista sea la titulada: Pájaro solitario mirando a la luna. En esta colección se «insinúa» mucho con muy pocos elementos, y con unos brochazos monocromos de pura tinta aguada, se abre un camino ilimitado a la interioridad. Lo grande de esta faceta de su obra es que, desde entonces, estos logros alcanzados de su contacto directo con la pintura oriental, los incluye en sus obras posteriores. Desde entonces, su enorme riqueza cromática va a tener frecuentemente un sentido insinuante, de tonos transparentes y economía de elementos. Esto se puede observar también en la exposición tenida en el claustro de la Catedral de Badajoz (1997), titulada «La Poética del Paisaje».
Ahora Antonio Casquete de Prado nos sorprende con aspectos totalmente inéditos en su arte. Quizás las circunstancias de su vida han influido en este nuevo modo de presentarnos sus pinturas. Pero, como antes indicaba, esto lo hace sin dejar los valores ya adquiridos, que con el tiempo se van haciendo más personales. Además, la experiencia de tantos años pintando, le han enriquecido enormemente su estilo: los colores se hacen casi transparentes, y las tonalidades que es capaz de dar a los temas que describe son innumerables. Dentro de esta adquisición de logros estéticos, aparecen temas completamente nuevos en su pintura: el sentido humorista se desarrolla de un modo inesperado en su arte. Un sentido fino del humor, nunca de una crítica agria, pero sí de una fina presentación humorística de los aspectos incomprensibles que a veces trae la vida. Pintura que hace pensar, como también hicieron algunos de los pintores orientales de la secta budista Zen en Japón, como Hakuin (1685-1768) y Sengai (1750-1837). Estos artistas fueron capaces de fijarse en los aspectos ridículos de la vida, haciéndolo de un modo humorista lleno de simpatía. Así hace también Antonio Casquete, con sus espanta-pájaros, burros, etc., pero todo dentro de un aspecto simpático y hasta atractivo.
La riqueza cromática de su pintura ha aumentado considerablemente: las tonalidades se superponen, hasta conseguir una gama de tonos violáceos, amarillos, verdosos y ocres, llenos de originalidad. Los paisajes o escenas situados en atardeceres o en momentos de cielos tormentosos recuerdan a algunos momentos del cromatismo en los cuadros de El Greco. Y, quizás como nunca, respondiendo con estos colores a estados de ánimo que se manifiestan así al exterior.
Finalmente, el cuadro que describe a Cristo en la cruz. Pienso que Antonio no hubiera sido capaz de pintar este Crucifijo antes de la pérdida de Ana María… En él está reflejado todo el dolor interior en esa imagen sufriente de Cristo que brota de los cardos. Éstas son unas flores que, en medio de su dura floración, presentan sin embargo aspectos esperanzados en los tonos de sus flores. También en la imagen de Cristo: tonos más bien oscuros, pero que en sus ligeras tonalidades claras superpuestas a las más oscuras, nos hablan de signo de esperanza. Este cuadro de Cristo crucificado tiene claros aspectos de una espiritualidad autorretratada.
Ésta es la exposición que nos presenta Antonio Casquete de Prado en la Real Academia de Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría de Sevilla, de la que él es académico correspondiente, así como de la Real de las Letras y las Artes de Extremadura. Podríamos ver en ella como una manifestación de los logros alcanzados hasta ahora, enriquecidos con, la experiencia de un estudio profundo y sereno de ‘distintos estilos del arte universal.
Fernando Gª Gutiérrez, S.J.
Académico N. de la Real de Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría de Sevilla
Diciembre, 2012
Entrevista publicada en el diario ABC de Sevilla el 20/2/2013
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