Toda presentación, y mucho más si se trata de una exposición de pinturas, exige un certero conocimiento del artista-pintor, de su entorno y de su obra pictórica. Pero al propio tiempo considero que la presentación nunca debe rebasar sus propios limites; debe servir para anunciar la exposición y al pintor, sin caer, cosa bastante frecuente, en un pueríl envanecimiento literario. Lo verdaderamente importante son los cuadros y el artista y a ellos debe subordinarse todo.
Y lo mismo, y, si es posible, aún más exigente, debe ser la tarea del crítico de
arte cuyo juicio imparcial no ha de trascender del auténtico valor de la muestra.
Antonio Casquete de Prado, de raíz extremeña, lleva a sus cuadros sus hondas
preocupaciones artísticas. De rápido dibujo al servicio de unos temas morosamente escogidos, va deslizando con sus pinceles el arco iris de su rica paleta. Nacido en tierra ahita de policromía, es lógico su dominio del color que llena sus pupilas desde niño.
Pintor meticuloso, va enriqueciendo con sucesivas perfecciones sus lienzos
-como el poeta pule sus versos y el lapidario sus gemas- tratando y consiguiendo
la suma perfección a la que obstinadamente aspira. Pero la espontaneidad de su obra pictórica es patente. La naturaleza en la plenitud de su belleza originaria capta la sensibilidad del pintor absorbiendo su inspiración, para luego en el silencio del estudio verterla en líneas y colores.
Las «tierras» de Antonio Casquete son los campos sin límites de su Segura de
León. Unas veces sesteando bajo la canícula extremeña, otras desperezándose bajo el sol en ocaso. Pero siempre son campos con voluntad de liberación, con sed de infinito, como el alma que al fin se libera – solitaria – del tormento de una cruel pesadilla y radiante de alegría canta al Creador.
Los paisajes son retazos del campo amado que para el artista es su pan y su
delicia. Tierras extremeñas, dilatadas, nutricias, madre de hidalgos conquistadores.
Este anhelo de gozosa libertad se encuentra igualmente en los «peces» de Casquete. Con sus pececillos ha hecho un nuevo milagro de multiplicación. En constante movilidad, nadando juntos o separados, Las quietas aguas son revueltas por el veloz caminar de los peces. Antonio, dueño del ritmo y del color, consigue en estas naturalezas vivas, la esquiva agilidad.
Las espigas, los rastrojos, los girasoles, etc. van poniendo sus notas de color.
En alguno de sus cuadros Casquete ha hecho de la frágil espiga una columna vertebral, recia y bien plantada.
La pintura es más para verla -la admiración vendrá luego – que para leerla. Si he conseguido con esta presentación atraer la atención a la muestra de Antonio
Casquete de Prado, he cumplido con mi tarea de anunciador.
ANTONIO MURO OREJON
Académico de Bellas Artes
Sevilla, mayo de 1976