Siempre que hago una exposición pienso que debería esperar más tiempo para realizarla. Tengo la sensación de dejarme dentro la última idea y la última obra sin desarrollar ni expresar. Es, sencillamente, la postura que adopta todo artista al escudriñar su interior con sencillez y valentía.
Desde mi última exposición del año 1976 me he replegado sobre mí mismo. Tenía necesidad de tomarme mi tiempo, de hacer balance de mi obra y encarar el futuro.
De todo ello hablan estos cuadros. Hablan y dicen de mi entusiasmo por la NATURALEZA y de mi trabajo a golpe de pincel, sin fracasos interiores, (nunca he admitido ni admito una derrota ante la obra planteada) y con la veraz honradez de quien nunca se conforma con los logros, más o menos importantes, porque
ello me conduciría a un manierismo frío, vulgar, intrascendente e incomunicable.
De mi formación sevillana aprendí el ritmo, la línea y el toque decisivo, como en esos peces que nadan y saltan, se retuercen, estiran y… viven.
Mi tierra extremeña me enseñó a ver el paisaje en su plenitud y grandeza. Paisajes de horizontes inmensos donde se funden tierras con cielos en gamas idénticas de color. Tierras de Segura de León y de Castuera, Cáceres, Jerez de los Caballeros y Llerena, encinas de toda Extremadura, cielos universales y caminos infinitos.
Mis titulos de pintor: Franqueza, libertad expresiva y autenticidad. Los cuadros de esta exposición: Mi vivir y mi sentir.
Antonio Casquete de Prado
Enero de 1981
Portada del catálogo de la exposición
En noviembre de 1973, exponia Antonio Casquete de Prado en el Real Circulo de Labradores, después de un largo silencio de doce años en la quietud creadora de su voluntario retiro de Segura de León.
Para aquél acontecimiento, Antonio, el amigo, me pidió unas letras que sirviesen de presentación a su pintura. Ahora, de nuevo, solicita estas líneas introductorias. Y de nada me ha valido aducir que hay criticos y personalidades (no soy ninguna de ambas cosas), que podrían cubrir perfectamente este objetivo. El argumento que Antonio, el artista, me daría, me dejó sin armas, indefenso, ante el ya ineludible compromiso:
—»..Pero nadie conoce, como tu, mi personalidad y mi pintura…». Y eso creo que es cierto.
Recuerdo que en el 73 intentaba definir a Antonio Casquete de Prado como un «pintor esencialista, intencionalmente sobrio»; le encasillaba dentro de la corriente del expresionismo, y hacía especial hincapié en que «la comunicación con los demás son sus pinturas y el idioma empleado casi exclusivamente, su paisaje extremeño”. Todo ello continúa latente en su obra pero en gran medida ha ido evolucionando.
Cuando en el 76, y en esta misma Galería, Antonio Casquete de Prado presenta una nueva muestra de su obra, existe una mayor madurez en su producción, una simplicidad de formas tan depurada que el único peligro posible es el de incidir en el abstracto a fuerza de eliminar elementos figurativos. Por otra parte el paisaje no es ya exclusivamente extremeño; es, cada vez más, la plenitud de la naturaleza, el entorno en el que el hombre se siente vivir a fuerza de encontrarse vivido.
Pues bien, Antonio Casquete de Prado es, hoy, un pintor importante; trabaja sin prisas en la concepción y búsqueda de su mensaje pictórico siempre en evolución progresiva; siempre aprendiendo, siempre humildemente alerta, a la escucha, apenas habla de sí porque lo que tiene que decir lo expresa su pintura fresca, directa, inmediata. Esta aparente paradoja no es tal si pensamos que la temática de un cuadro es, en Antonio, «lo primero en la intención, lo último en la ejecución», y que lo que llega a realizar ha sido profunda, esencialmente, decantado con anterioridad.
Antonio Casquete de Prado se ha liberado, pienso que definitivamente del peligro de la abstracción para alcanzar, empero, un purismo que tiene mucho que ver con ese pannaturalismo del gran poeta moguereño Juan Ramón Jiménez. Es sintomático, y no mera coincidencia retórica, que en este pintor como en aquel exquisito poeta, se encuentren los mismos elementos esenciales de una sublimación estética que se centra en la comunión del hombre alerta, sólo, con su entorno, que entonces le transmite su mensaje trascendente: la Palabra.
Esos campos infinitos, observados no desde la perspectiva normal de la superficie que nos sustenta, sino desde el espacio etéreo de la azul propiedad eterna… Esos peces entrevistos por un espectador de tierra adentro, desde el límite de veladuras de la orilla, ombligo de la vida, de la energía, del movimiento, de la transparencia… Esos borricos aterciopelados, suaves, casi humanos, trasunto de incontables y nunca repetibles conciencias del único Platero…
Pintura pura, pues, sobre la que cabría proyectar esos versos que el genio universal (no sólo moguereño) concibiera como intuición de un estado perfecto en que el elegido consigue la ascesis, la integración total con el Universo redondo, todo, pleno…
«Tú, esencia, eres conciencia; mi conciencia
y la de otro, la de todos,
con forma suma de conciencia;
que la esencia es lo sumo,
es la forma suprema conseguible,
y tu esencia está en mi, como mi forma».
Roberto Gil Munilla
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