Acaso el verdadero paisaje no esté ahí, prendido en la mirada lenta o fugaz, serenamente alegre o dulcemente triste; amable y soleado, gris y amenazador; floridamente tierno, rotundamente hosco; multicolor y cálido, monocromo y lunar; alborotadamente mudo o silenciosamente vivo. Adjetivo sobre adjetivo, nunca parecen suficientes, si queremos nombrarlo.
Acaso el verdadero paisaje precise del tamiz del espíritu, allá donde es posible que la amorosa gravedad del ser desdibuje la empecinada agresividad de las formas, para poder llegar al fondo de su propio hálito. Acaso sólo entonces recobren densidad los adjetivos y sean los silencios, la música callada, el hielo luminoso, el sol más cegador, el nocturno azulado, el fuego embravecido, la lluvia torrencial, el páramo sin fin… los que nos sobrecojan.
Esto es lo novedoso, ahora connatural, en la retina de Casquete de Prado, la ascensión laboriosa hacia la hondura misma del paisaje, tan amorosamente, luego, recreado que fluyen esenciales las formas, el color, la cósmica fusión de la materia allá en el horizonte lejanísimo, donde no se distinguen cielo y tierra, porque un poso de ansiada infinitud se adueña del conjunto en los inevitables límites geométricos que demanda la obra.
No podíamos, por tanto, recurrir a otro título, si queríamos decir en brevísimo aserto qué nos dice la verdad trascendida del paisaje —por otra parte, pleno de referencias extremeñas— en la ágil paleta de quien, meditativamente, ha escuchado, además, su leve clamoreo, partitura sin fin de armónicos matices. Vale llevar al mismo la referencia clásica horaciana, —ut poesis, pictura, y también, viceversa—, en el más puro de todos los sentidos, porque tan sólo el alma de un poeta está capacitada para captar cuanta poesía se encierra en el paisaje. Antonio Casquete de Prado resulta ser uno de esos privilegiados, cuya pintura se le vuelve poética y cuya poética visión de la omnipresente realidad se le vuelve pintura.
Ahora este hermoso Claustro de la Seo pacense, inundado de luz por todos sus rincones, tiene la suerte de revestirse con las mejores galas, las que le presta amablemente el pintor segureño. La novedad reside en la rotundidad exclusiva de la muestra, el paisaje sin más; antes sólo pretexto, apuntamiento leve en la figuración de los artistas que llenaron de piadosas efigies los venerables muros de nuestra Catedral. Ojalá que el paisaje de Casquete de Prado, fundido en la belleza, pueda abrirnos, más allá de su estética, a la luz y a la voz de la Verdad suprema. Seguro que el pintor lo desea también.
Francisco Tejada Vizuete
Director del Museo de la Catedral de Badajoz
Conocida es la personalidad y la obra del pintor segureño Antonio Casquete de Prado y Jaraquemada que, por su valía y alta calidad, ha merecido, recientemente, la máxima sanción positiva, a escala regional, con el merecido nombramiento de Correspondiente de la Real Academia de Extremadura, nombramiento este que ha venido a paliar y a corregir unos incomprensibles olvidos en publicaciones relacionadas con el devenir pictórico extremeño de nuestra ya casi extinta centuria.
Tal vez dichas omisiones se deban a la modestia, por no decir casi ocultismo, con que Antonio ha venido desarrollando, hasta hace muy pocos años, su abundante y fecunda producción, pues aunque su quehacer se remonta a sus años juveniles no ha sido muy pródigo en dar a conocer los frutos del mismo, pese a haber participado
en algunas individuales, tanto en su pueblo natal cuanto en su querida provincia badajocense así como en diversas ciudades de la geografía nacional y en Sevilla, su habitual lugar de residencia y trabajo, siempre con acierto y laudatoria crítica, lo que motivó que, hace dos lustros, la Real Academia de Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría le nombrase Correspondiente en su Segura natal.
Pero antes de glosar al artista, es preciso hablar del hombre y si ello es siempre necesario, aún lo es más en el caso de Casquete de Prado, por cuanto su personalidad encierra múltiples facetas todas ellas dignas de conocimiento y merecedoras de justas loas. En efecto, Antonio, hidalgo de sangre y caballero de constante oficio, es un polifacético trabajador que de manera sabia desarrolla una plural actividad que va desde sus labores de agricultor y ganadero hasta el cultivo del arte pictórico en sus más variadas facetas.
Todo ello con veracidad, dedicación y hombría de bien a ultranza que hacen de él uno de esos ejemplares señeros de la hidalguía extremeña que, a lo claro de su sangre, une una auténtica vocación humanística, en parte heredada —recuérdese las cualidades literarias de su progenitor y el talante historiador de su inolvidable hermano Diego— y en mucho acrecentada por sus estudios —tuve el placer de tenerle por compañero en las aulas de la Facultad de
Filosofía y Letras de la Universidad hispalense—, por sus constantes y selectivas lecturas e incluso por sus casi ocultos escarceos literarios. Siempre, y esto es preciso resaltarlo, al servicio de sus semejantes y puesta la mirada en los más trascendentes valores religiosos y morales.
Y al lado del humanista el artista plastico, de formación autodidacta, pese a su aprendizaje con el sevillano Rafael Cantarero y a las lecciones recibidas de los frexnenses Eugenio Hermoso y Gómez Catón, que, gracias a su constante laborar, ha llegado a dominar toda clase de procedimientos —del óleo al simple dibujo, pasando
por la acuarela y por el moderno acrílico— así como de la figura a la naturaleza muerta —haciéndolo, igualmente, por el paisaje y el aspecto regional— e incluso capaz de cultivar estéticas contrapuestas como el informalismo de sus días más juveniles con la figuración de corte moderno que hoy cultiva con notorio acierto, y en el que resaltan su destreza de oficio, superadora de todo formalismo academicista, su espontaneidad de factura y su rica y variada cromática que hacen de sus cuadros una feliz gozada de luz y color.
De toda esta amplia gama de realizaciones también, lo que a mi juicio es la más acertada y propia, es la paisajistica —un paisaje auténticamente bajo extremeño— que le sitúa en esa línea de pintores regionales que, arrancando nada menos que de Zurbarán, alcanzan a coetáneos como Pedraja y Naranjo, pasando por otros señeros como Pérez Rubio y Ortega Muñoz; especialización esta que pone de manifiesto su amor a la tierra que le vió nacer y que
conlleva la sobriedad austera que caracteriza tanto a su geografía como a sus gentes.
Como Zurbarán, Casquete de Prado ha conservado, pese a su formación y compartida residencia sevillana, esa sobriedad y ese talante extremeño que le define y caracterizan. Por ello, es y debe pasar a la historia como un pintor extremeño, lo que por otra parte, manifiestan tanto sus precisas formas cuanto su peculiar cromática en la que los tonos imperantes y más destacados son los
propios de su geografía regional, pasando al contenido de esta exposición badajocense que complementa e incluso mejora si caben las últimas celebradas en Sevilla —Galera Alvaro—, Fregenal de Sierra y su Segura, vemos en ella,
de un lado, el ya comentado polifacetismo temático, pues figuran en ella un buen nutrido número de paisajes, en los que hace gala de una cromática bellísima, enteramente acorde con la peculiar de la Baja Extremadura, junto con un delicado florero y unas representaciones animalísticas de peces y aves de corral.
Del otro, se patentiza su afán de superación y constante capacidad de trabajo, en el hecho de que la treintena de obras que se exponen, un noventa por ciento ha sido pintadas para la presente muestra. A ello hay que añadir, comparando la presente con las más recientes de Sevilla y Segura, que no hay nada de estancamiento creativo sino una constante mejora tanto en el oficio como en la inspiración.
Por todo ello, creo que estamos ante la obra de un artista maduro que, con juventud espiritual, promete nuevos caminos, así como ante un hombre, —mejor ante un Caballero—, capaz de aunar sus obligadas tareas rurales con la mejor creación artística.
Antonio de la Banda y Vargas
Presidente de la Real Academia de Bellas Artes
de Santa Isabel de Hungría de Sevilla y
Correspondiente de la Real de Extremadura
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